jueves, 20 de octubre de 2011

Villa Madero durante el Radicalismo (1916-1930)

Luego de varios años de “progreso” la sociedad argentina ya no veía a los autores de la modernización como próceres, mientas iba disminuyendo notablemente la confianza hacia el modelo económico político. Los inmigrantes, los asalariados, y los chacareros, empezaban a reclamar cada vez más ante un sistema que los excluía.

En 1902 se establece la ley de residencia mediante la cal el gobierno intentara deportar a los extranjeros indeseables, que “molestaban” con sus protestas y agitaciones (generalmente anarquistas). En 1905 el nuevo código de trabajo implementado por Joaquín V. González, reconocía la existencia de sindicatos, aunque a la vez los controlaba totalmente. Los conservadores (como se hacían llamar los dirigentes tradicionales ya que querían conservar la sociedad tal como era) se dividieron en dos grupos, uno encabezado por Roca, que proponía responder con dureza, y el otro encabezado por Carlos Pellegrini, que proponía adaptarse al cambio de los tiempos. De este ultimo grupo, en el año 1912, por iniciativa de Roque Sáenz Peña, se establece la ley de reforma electoral, por lo que el voto pasa a ser universal, secreto y obligatorio, características que impedían que una persona pudiera votar más de una vez, y que terminaría con el fraude electoral reinante en las ultimas décadas.

En el año 1916, y por vez primera, sale electo presidente de la republica el radical Hipólito Irigoyen, quien ocupara la primera de tres presidencias radicales (Yrigoyen 1916-1922, Alvear 1922-1928 y luego de nuevo Yrigoyen 1928 a 1930).

Por esos años Villa Madero era un pueblito de características rurales, en el que todo estaba por hacer. En los primeros 15 años del siglo XX se habían instalado en la zona hornos de ladrillo, fabricas de sebo, quintas y con ellos los primeros comercios.

“no había nada. Estas manzanas de acá enfrente eran todos hornos de ladrillo”[1]

“No teníamos agua, no tenias luz, pero vivíamos bien”[2]

“Era todo barro. Estaban las fábricas de sebo de Banga, las fábricas de sebo que estaban al lado de la casa de la Señorita Ignacia Moledo, maestra de la escuela nueve. Llegar a la estación era una odisea”[3]

Entre los comerciantes que podemos nombrar se encuentra don Velarmino Vega. Su comercio se ubicaba frente a la estación de trenes sobre la cale La Bajada. Era un salón muy largo con despacho de comestibles, que al fondo se reservaba para familias y algún que otro hombre con ganas de jugar al billar. Dentro del local encontrábamos una peluquería, un pequeño bar y la estafeta postal (a falta de correo los pobladores asistían al lugar para saber si habían recibido alguna carta). Según relatos orales este almacén se estableció en 1912 aproximadamente.

En cuanto a los demás almacenes es prudente sólo nombrar algunos de ellos: “Los Muchachos”, establecido en la calle Thorne y Caaguazu, el del Sr. José Fernández, ubicado en Paunero y M. Thompsom, “La Aurora”, ubicado en Constituyentes y Álvarez, y en Villa Balestra encontramos el almacén de Tomas Choren, ubicado en Pedernera y San Martín. Estos comercios, al igual que hoy día, poseían servicio “delivery”, ya que repartían a domicilio con carros y caballos a los vecinos.

Entre los carniceros podemos nombrar a Esteban Bruzzone (mariquita Thompsom y Tacahuano), Mainero Pedro (Blanco Encalada y Constituyentes), Félix Brunetti (Rivera entre Pedernera y Constituyentes), y Bartolo Orchesi, quien vendía menudencias y troceos pequeños, haciendo el reparto a caballo.

Las Panaderías mas importantes: “La Universal” sita en Pintos entre Constituyentes y Pedernera, La Verdad”, en Talcahuano entre Pintos y Rivera, y la panadería “Costa” de Antonio Costa, en Gral. Deheza entre Iriarte y Erezcano.

Desde los comienzos, existían en la zona dos lecheros que poseían cuatro o cinco vacas cada uno, con las cuales proveían de leche a la población. Ellos eran Don Francisco Bennini (en la zona de Villa Las Fabricas) y don Fernando en la zona de Villa Circunvalación. Pasaron los años, y el ferrocarril se vio obligado a modernizar su sistema de transporte de pasajeros y de carga, modernización que trajo entre otras cosas lo que se conoce como el “tren lechero”. La leche llegaba diariamente a las estaciones de pueblo chico desde campos lejanos en donde se establecieron los tambos. Este tren tenía como horario de llegada entre las diez y once de la mañana, y traía recipientes o “tarros” de 20 a 25 litros de leche. Allí, los lecheros esperaban en sus carros, para luego transportar la leche casa por casa. El tiempo pasó y los carros lecheros fueron reemplazados por carros tirados a caballo. Entre los lecheros mas antiguos podemos nombrar a: Martín Jáuregui, Jesús Prieto y Primitivo Puentes.[4]

Entre los corralones de materiales podemos nombrar al del Sr. Juan Lovisolo, que se ubicaba en la cale Pintos y Primera Junta, quien con un carro a caballo repartía la mercadería en la Villa. Con el correr de los años se instala en la zona Jacinto Aspe, quien dejó la administración de su negocio a su hijo Martín.

La familia Rastelli se establece en la zona aproximadamente en 1918, y son responsables de la forrajeria sita en la calle Blanco Encalada y Pedernera (en el lugar que posteriormente ocupó el Bar Madero y hoy ocupa una moderna carnicería). Las forrajerías eran muy comunes, ya que el caballo era un medio de transporte obligado y además era muy común que los vecinos tuvieran animales de corral en los fondos de sus terrenos:

“había pocas casas, lleno de caballos, todo se hacia a base de caballos. La única entrada que teníamos era la general Paz”[5]

“Criábamos gallinas, patos, pavos, conejos… criábamos de todo. Y los largábamos a la calle, porque era todo baldío, las manzanas eran baldías”[6]

En la esquina de la calle Blanco Encalada y la Bajada, se encontraba la ferretería “La Trocha”, propiedad de Joaquín Pérez, quien por problemas de salud dio lugar a su hijo Gervasio en su administración.

A fines de 1927, de mano del Intendente Crovara, se inaugura la luz eléctrica en la villa, para satisfacción y alegría del pueblo. Los vecinos asistieron al acto inaugural y las instituciones ocuparon su tiempo organizando festejos alusivos:

“Siendo las 21 hs el presidente Sr. Vell informa que el llamado de reunión obedece al motivo de cambiar opiniones para una serie de actos a realizar con motivo de la inauguración del alumbrado publico”[7]

“me contó una vecina, que cuando se inauguró la luz, la mesa del comedor, sirvió para que se la llevara a la esquina, en donde estaba la llave para accionar, para dar la luz, y ahí en esa mesa se subió el Dr. Crovara, quien acciono la palanca y dijo:

- “Dese la luz a Villa Madero”

Accionó la palanca y todo fue risas, alegría y aplausos. Se vivió momentos de mucha alegría y de mucha necesidad”.[8]

Los días domingo, al no poseer la zona una plaza o calle importante para el tránsito peatonal, la estación era el lugar elegido para pasear. Los andenes, servían de lugar de caminata en el cual las chicas paseaban para lucir su juventud y poder conocer así algún pretendiente.

“Íbamos a la estación a pasear todas las chicas... y estaban los chicos. Íbamos a charlar con los chicos…. Ahora.. mi papá, salía a la puerta de la almacén que tenia frente a la estación y nos decía:

- ¿Cuánto van a ir a pasear?

- Y.. un rato.

- Media hora!. Tengo el reloj y ustedes lo tienen en la estación. Si a la media hora no vienen, las voy a silbar yo!.”[9]

Nuestro país venia recibiendo gran número de inmigrantes desde 1880 en adelante por lo que la población masculina había aumentado notablemente. Este cambio social provocó la instalación de numerosos prostíbulos o “casas públicas” en distintos puntos de la ciudad capital y en el gran Buenos Aires, generalmente anexos al puerto y sectores que por razones de trabajo nucleaban a numerosos hombres. Uno de éstos prostíbulos había sido instalado en la esquina de la Av. General Paz y Av. Crovara. La ubicación no fue al azar, esa esquina era la intersección de las dos vías que utilizaban los arrieros para transportar el ganado a pie hasta los Mataderos, sin obviar la cantidad de trabajadores de las numerosas fabricas de sebo da la zona, que utilizaban estas vías de comunicación.

Así, la demanda fue superior a la oferta, por lo que se formaban en esos lugares largas filas de hombres que esperaban para satisfacer sus necesidades. Los dueños de los prostíbulos, para evitar que los clientes se aburrieran y se fueran, contrataban grupos de músicos tríos formados por guitarra, violín y flauta- que amenizaban la espera. Ejecutaban la música conocida del momento: polcas, habaneras, cuadrillas, valses y mazurcas.

Según cuentan testigos, el prostíbulo de Crovara y Gral. Paz, contaba con numerosas habitaciones, un teatro con show de música, mujeres y travestismo, un bar y una parrilla.

En su libro “La Cueva del Chancho”, Geno Díaz nos contaba:

“Por aquella época Viequi escribía mucho según decía, y se permitía algunos lujos como el de tomar los sábados por la noche el colectivo azul y negro numero 40 en Parque Patricios, acudiendo en busca de un rato de solaz y esparcimiento a los prostíbulos de la Av. Campana (hoy Crovara), junto a la fabrica de Jabón (se refiere al Jabón Federal)”[10]



[1] Entrevista realizada por el autor a Lili vega en 1998.

[2] Entrevista realizada por el autor a Trinidad Yañez 1998.

[3] Entrevista realizada por el autor a América Mármol, el 14 de junio de 1999.

[4] Entrevista realizada por el autor a Ismael Álvarez en 1997.

[5] Entrevista realizada por el autor a Orlando Mármol, el 8 de marzo de 1998.

[6] Entrevista realizada por el autor a Lili Vega en 1998.

[7] Acta de la Sociedad de Fomento de Villa Madero, numero 24, Noviebre de 1927.

[8] Entrevista realizada por el autor a Eugenia Rico, el 13 de julio de 1997.

[9] Entrevista realizada por el autor a Lili Vega en 1998.

[10] Díaz Geno, “La Cueva del Chancho”, Editorial Galerna, Buenos Aires, 1982.

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